EL DÍA MÁS TRISTE DEL AÑO

Nada hay más cargado de humanidad que las lágrimas. Perforan el alma y rompen la máscara de apatía y falsa madurez que nuestra estupidez sistémica nos ata con correa. Nos liberan, dando a nuestras emociones una respuesta fisiológica con la que lidiar contra el dolor, aliando cuerpo y alma. Y aunque sean hermanas de la aflicción, su fugacidad e implacabilidad para atravesar razón y sentimiento nos recuerdan que estamos vivos.

Hoy es el día más triste del año. Tras un curso compartido con niñas y niños de todos los talantes y edades, algunos se desploman frente a un adiós sin retorno, despidiendo a quienes no compartiremos más maravillosas vivencias con ellos. Hoy, sus lágrimas no buscan consuelo, ni atención, ni responden a un impulso al dolor físico. Hoy son pura alma, explotando de amor. Se hunden, y yo con ellos. Y está bien.

No me deben nada, no tienen necesidad de socializar conmigo, no consiguen premios queriéndome. Pero deciden quererme. Y es el adiós a este amor tan sincero lo que me rompe.

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S 10°0’0″ O 55°0’0″ – I. LA MUSIQUE

Tras una noche nadando entre el insomnio y la emoción más pura, hacía la cuarta revisión al equipaje que me acompañaría durante diez días en Lyon, al sur de Francia. Ni vacaciones, ni trabajo; lo mejor de los dos: iba a hacer de músico durante una semana, casi “sin parar”. El bajo ya había salido hacía días para allí, la guitarra era prestada y la voz siempre la llevo a cuestas, para bien y para mal. Una semana donde la música festiva, de plegaria e improvisada iban a recorrer cada traste y cada cuerda de mi instrumento; pero, sobre todo, cada nervio de mi cuerpo. Oh, música, bendita droga.

Hacía algo más de medio año que la Dare to Dream Band (en base al nombre del certamen, nada más lejos) nos preparábamos para esto: estudio de temas, arreglos de cada instrumento, sincronización, lectura frenética de acordes, adecuación de cada canción a su dinámica dentro del evento, nervios, estrés… y gozo. Muchísimo gozo. Si tuviese que quedarme con un solo momento de fluidez musical entre intérpretes, este sería el pico de mi vida como artista. Poco importaban los gustos y referencias de cada uno cuando todos sentíamos el deseo de tocar música libre, respetando y amando las líneas instrumentales del otro a la vez que creábamos e improvisábamos. Todo en su justa medida. Un espacio donde el cerebro nos iba a cien y se relajaba a la vez. Donde te sentías retado a mejorar con diez manos amigas arropándote en todo momento. Un pedacito de cielo.

Con esta ingente pila de temas bajo el brazo enhebrábamos las nubes del Pirineo hacia territorio ronalpino, alegres e ilusionados como críos, y es que compartir la música con cuatrocientas personas durante siete días hace las delicias de cualquier amante dedicado al cuarto arte. Bajo el manto del Encuentro Internacional de Jóvenes Maristas nos enfrentábamos a uno de los mayores retos musicales de nuestra vida. Alrededor de medio centenar de temas a interpretar, horarios de infarto, enormes infraestructuras que montar entre todo el equipo (músicos incluidos), guiones logísticos de 24 horas y la dinamización de grupos con docenas de nacionalidades y lenguas distintas: Fiji, Nueva Zelanda, Sri Lanka, Brasil, Estados Unidos, Grecia, Italia, Australia, etc. Todo ello, eso sí, meciéndonos en los brazos de la música que, sumada al calor humano de viejos y nuevos amigos, nos levantaba en cada momento de flaqueza.

Durante la víspera de la primera jornada era puro fuego. Pasión, miedo, nervios, éxtasis. A pesar de rebanarme la yema del pulgar izquierdo el día antes de empezar a tocar.

MEDIOCRIDAD

¿Qué caracteriza la tan criticada clase política actual, especialmente en nuestro país? Corrupción, lujos, mentiras, apatía social… desde luego, pero el adjetivo que engloba a la mayoría es otro: son mediocres. Y es esa mediocridad la más hiriente de sus medallas, pues, como el resto, nos define a la sociedad mucho más de lo que pensamos.

Su moral, su ética se desdibuja entre humaredas de tergiversaciones, donde los datos y los hechos se tratan como una opinión más, al nivel de la mentira más infame y reprobada. Salivan veneno que hace enfermar la información, alternado el debate público para que sea como ellos: mediocre. Una mediocridad que se filtra hasta la mente de cada desgraciado que sostiene su trono, y que es llave maestra a nuestra sumisión.

Demonizamos su deplorable inquisición a nuestra libertad para expresar aquello que creemos (y que muchas veces sabemos) que es injusto, pero somos incapaces de discernir la propaganda del odio de nuestra ofensa.

Criticamos su falta de honradez, su corrupción sistémica y su falta de ética para gestionar lo que no es suyo, pero somos incapaces de devolver esa cartera en el suelo, de tratar lo público como “algo de todos” y no como “algo de nadie”, de separar la igualdad de la equidad cuando el algoritmo termina en resta para nosotros.

Condenamos sus mensajes explícitos de segregación por amar como queremos o por dar la imagen que nuestros propios ojos quieren ver, pero nos negamos a aceptar nuestro lenguaje exclusor, a auditar nuestros propios prejuicios y a aprender a crecer como seres fraternos. ¿Cuántos pro-LGBT+ siguen usando “maricón” como despectivo? ¿Cuántos “no-racistas” siguen etiquetando al malhechor por su etnia sólo cuando su cultura o procedencia son otras? ¿A cuántos no-machistas les molesta más que etiqueten al hombre como “género peligroso” que no que las violaciones y feminicidios sean rutina? ¿Cuántos “defensores de la libertad” miran con el mismo respeto sincero a un hombre con vestido, con coletas o con pluma?

Despreciamos su incultura, su falta de rigor, su máquina del fango (que nunca reposa), sus dardos tóxicos donde más nos duele, pero esparcimos el mismo lodo cuando nos conviene, escupimos nuestra opinión cual mandamiento y nos negamos a rectificar, a ahondar en la complejidad que infinidad de situaciones requieren.

Detestamos sus habladurías chulescas, sus discursos huecos y mezquinos y sus nauseabundos aires de falsos sabios, pero nos autoproclamamos jueces para dictaminar qué es absoluto y qué es relativo, adictos a la simpleza y al ego que siempre nos da la razón, adictos a un final siempre cerrado, siempre feliz. Feliz en el “yo” y el “ahora”, exclusivamente. Pero feliz.

Son portadores de banderas de odio; nosotros, sus costureros.

Son el puñal del homicidio a la verdad; nosotros, el sicario que la mata.

Son la mano del robo ávaro; nosotros, su cerebro.

Son un altar hueco al autoconvencimiento, al ego, a la abulia; nosotros, sus constructores.

Son la alegoría a la hipocresía en un cuadro; nosotros, su pintor.

Son el altavoz de nuestro discurso.

Son el reflejo de nuestra mediocridad.

LAZOS AMARILLOS

Venga, hablemos de LAZOS AMARILLOS.

En primer lugar, es una vergüenza y nos describe como país que esto esté copando todos los medios (y de qué forma), y más aún que la gente le esté dando una prioridad absoluta. Por supuesto, sin razonamiento alguno ni reflexión previa a posicionarse y salir como hooligans a lucir con orgullo su encefalograma plano.

En segundo lugar, NO, no es equidistante colocarlos que retirarlos: lo primero se basa en la expresión de una opinión pacífica y legítima, y lo segundo en la intolerancia y el veto hacia esa opinión. Por no hablar de que los “adalides” de la retirada de estos símbolos tienen claramente una intencionalidad incendiaria, se rodean de explícitos fascistas, no condenan en ningún ámbito el franquismo (retirada de nombres de calles de generales, condena de este en el Parlament, oposición a la exhumación del mausoleo de Franco, acuerdos con la extrema derecha nacional y europea, etc.) y enarbolan los bulos, las consignas populistas y los discursos falaces como estandarte.

Y en tercer lugar, ¿qué debería hacer el Estado y la sociedad con quienes retiran estos lazos? El filósofo Karl Popper se remitió a los hechos históricos para dictaminarlo: hay que ser intolerante con quienes promueven y/o practican la intolerancia; ya no por opinión teórica, sino porque la práctica histórica nos dice que darles vía libre a los intolerantes nos lleva a dictaduras, al fascismo erigiéndose en el poder, al racismo institucional, etc. Así que un Estado responsable condenaría estos actos de intolerancia, y una sociedad responsable respondería contra ellos, organizada y de frente.

Evidentemente, ni la sociedad es responsable ni el gobierno lo es (recordemos que es el mismo de Gas Natural, los ERE, el deshaucio exprés, la reforma laboral, el 135, el apoyo al 155, la defensa de Llarena, etc.), así que toca lidiar con el protofascismo, una vez más.

DESAPRENDER A AMAR

¿Qué significa estar enamorado de alguien? La exclusividad del amor pasional y fuertemente sentimental hacia nuestra pareja (o pareja anhelada) responde a un concepto impuesto de este, usualmente inculcado sin intencionalidad, donde la literatura, la cultura audiovisual, y el resto de focos narrativos han dictaminado a lo largo de los siglos qué es el amor romántico. ¡Como si existiese alguna escala o fórmula matemática para comparar su “intensidad” con otros tipos de amor!

A mi entender, una persona puede estar enamorada de otra sin siquiera sentir atracción (o al menos atracción romántica) hacia ella. Basta con una inusual concentración de cualidades y formas de expresarlas que nos cautiven, a veces incluso sin saber cuáles son. Por ejemplo, basta con haber compartido suficientes etapas i momentos mágicos de nuestra vida para estar enamorados de alguien, a veces ni eso. ¿No es tremendamente sensato pensar que podemos sentir un amor mucho más fuerte hacia nuestro mejor amigo, con el que reímos y lloramos desde la infancia, que hacia nuestra pareja, aunque esta sea “el amor de nuestra vida”? ¿No tendría sentido enamorarse de alguien que, aún sin conocer en persona, nos maravilla en demasía su forma de pensar, actuar o expresarse? Romped vuestras paredes de preconcepciones sobre el amor, y veréis que no es ningún disparate enamorarse de, por ejemplo, una amistad.

A partir de este cuestionamiento del “sistema amoroso”, desde mi punto de vista es clara la pedagogía al respecto: hay que desaprender a amar. Debemos dejar caer el códice de cómo se enamora uno y empezar a traducir lo que sentimos con nuestro propio manual. Olvidar las formas en las que podemos vivir nuestro amor nos hará libres, ya que es la rendición a la norma lo que nos hace construir nuestras propias jaulas. Hay que agarrar el amor como el cuerpo sólido y homogéneo que es, concebido por la humanidad, y despedazarlo, indagar en aquello que nunca nos preguntamos de él, entender que cada una de sus millones de diminutas piezas es una manera de entenderlo y vivirlo, que no hay una igual y que nuestra felicidad radica en la singularidad de las partes de un concepto heterogéneo.

En el amor, los tabús deben morir, la sinceridad erigirse vencedora y el respeto a la diferencia ser viento de cambio. En el amor, desaprender todo aquello que nos han dicho que es significa vivirlo sin condicionantes, y entender cómo funciona sólo desde lo que sentimos, con la pureza de algo que siempre aporta novedad visceral. Aprendemos tanto sobre el amor antes de experimentarlo que nos autoconvencemos de cuál es el camino a seguir, sin ver que, a lado y lado de este, los senderos brotan como flores en primavera: infinitos, bellos en sí mismos y sin pisadas de antaño que nos marquen hacia dónde ir ni cómo andar.

DE BANDERES I BALANCES

Espanya, Catalunya inclosa, és un país de cegs, de còmplices del statu quo d’injustícia, imperant a banda i banda de la franja de ponent. L’amnèsia selectiva sembla incurable a causa del mateix ego que ens tanca la ment, ens polaritza l’opinió i ens autoconvenç que aquesta és un fet; un ego que ens tanca el pla i ens impedeix relativitzar allò que vivim, veiem i sentim.

Som una societat incapaç de comparar i calcular cada cop que ens ofereixen una balança amb fets en un costat i discursos a l’altra. Fins i tot, si només hi ha fets, quan uns són inqüestionablement més pesats que altres, el nostre subconscient recorre a l’ego per negar-ho.

Som una societat simplista (que no senzilla), on la complexitat dels contextos on ens movem ens desborda i, en comptes de posar-nos al seu nivell, rebaixem allò que és complex al nostre. És tal l’infantilisme que hem assentat a l’hora d’entendre i reaccionar als esdeveniments polítics i socials que ens colpegen que aquest adjectiu se’ns queda curt, essent els infants molts cops més conscients que nosaltres (penso que perquè encara no han monstrificat el seu ego).

El nacionalisme s’alimenta d’aquest ego i equipara l’opinió de l’ignorant a la del sabi. És capaç de vendre’t la més lluent de les balances essent la més equívoca. I és capaç de dur al camp dels absoluts i de la simplificació el relativisme i la complexitat. En els nacionalismes, la “pàtria”, el “país”, la “nació” no és més que una delimitació territorial plena d’allò que, per interès propi i egoista, qui enarbora la bandera decideix que sigui.

El pitjor de tot és que funciona, i sembla que millor que cap altra estratègia discursiva. Ni a Convergència/PDeCat ni al PP els ha calgut ni tan sols explicar la plaga de casos que els defineixen com a nius de corrupció, privatitzacions i defensa dels privilegis de la noblesa (a més, predicant amb l’exemple). Ciutadans i el PSOE no necessiten justificar el suport a la corrupció ni els escàndols generadors de misèria, dels quals han estat protagonistes: són “salvadors de la pàtria”. ERC s’han erigit líders de la política catalana, fent menys política que ningú i movent-se entre la passivitat i el perdó als convergents (cal especificar, però, que no és equiparable als anteriors partits, igual que “no arreglar” no vol dir “trencar”).

Els sentiments i les emocions mouen el món, però no haurien de moure la política. La racionalitat, la professionalitat i el coneixement de causa sí ho haurien de fer. La investigació, la memòria històrica (molta d’ella recent) i la informació veraç haurien de ser els fonaments de la nostra opinió envers ella. I en el nostre veredicte, fer prevaler el significat de “bé comú” que derivi d’aquesta apassionant, relativa, complexa, heterogènia i líquida reflexió que és la política.

SI TUVIÉSEMOS EL PODER

Lo que está sucediendo en Cataluña estas últimas semanas es vergonzoso y propio de un franquismo escondido tras la máscara del 78. Desde cargas brutales por parte de las fuerzas de “seguridad” del Estado en una situación como la del 1-O, donde no existía el más mínimo riesgo para la convivencia habitual de la sociedad catalana, hasta las penas de prisión de los líderes de la ANC y Òmnium Cultural por convocar unas de las manifestaciones más pacíficas que España recuerda.

Y la respuesta de la ciudadanía ha sido ejemplar: ante una ley que restringe la democracia a intereses electoralistas, salió a la calle y votó. Ante una fuerza desproporcionada por parte de la policía, salió y paralizó media Cataluña pacíficamente, llenando las calles. Ante la sentencia de cárcel a presos políticos en pleno siglo XXI, se solidarizó de nuevo, masivamente. Tras ver cómo reaccionaba tantísima gente a semejantes injusticias, a los que hemos estado saliendo a la calle desde la tardía adolescencia se nos hincha el corazón de esperanza, aunque a su vez se nos hace más notable una pequeña astilla que anida en él, en forma de pregunta: ¿por qué no antes?

¿No coartó la democracia la ley electoral por circunscripciones y d’Hont, los Mossos retirando los puestos en el multireferèndum de 2014 (con 10 responsables a juicio), la reforma del artículo 135 de la Constitución por parte del bipartidismo o el soporte de la burguesía política catalana y española al TTIP y al CETA?

¿No fueron picos de la violencia policial los desalojos de plazas del 15M, las imágenes que tantos vimos en Ciutat Morta, el Mosso que voló el ojo a Esther Quintana, los guardias fronterizos disparando a personas en peligro por el simple hecho de ser inmigrantes o los jóvenes linchados por la policía autonómica catalana por defender Can Vies como espacio cultural público?

¿No son presos políticos Alfon, los ocho manifestantes de Rodea el Congreso encarcelados (sin usar un ápice de violencia), Andrés Bódalo (cuyas pruebas incriminatorias nunca fueron fehacientes), o César Strawberry y Cassandra (por tuitear)?

Ninguna de los anteriormente citados casos de represión autoritaria han sido tan cuantitativamente respaldados por la ciudadanía, ni mucho menos copado tantísimos titulares o monotemizado informativos. El porqué lo responde el título de este artículo, y lejos de buscar crear indignación, pretenden generar consciencia. No se trata de rebajar el nivel de protesta hasta el de los casos olvidados o antagónicos de los medios de masas, sino de tener en mente que las desgracias de hoy son réplicas de las de ayer, de que aquello que vemos como algo trágico para la sociedad del siglo XXI es, por desgracia, una rutina, un día a día que nos necesita a todas y todos en la calle, hoy y mañana.

Si tuviésemos el poder, estas noticias no serían sellos de identidad de los periódicos alternativos o excepciones en los telediarios, relegados a opiniones tergiversantes de capitalistas consumados. Las baterías de problemas e injusticias de carácter nacional compartirían portadas con aquellas de ámbito social, político, ecológico… campos donde se aunarían todavía más multitudes para inundar calzadas y paralizar países hasta que nuestros representantes nos representaran. Y cuando fuésemos conscientes de cuántos somos nosotros y cuántos ellos, la balanza empezaría a decantarse hacia donde no está el oro.

Estos días, en Cataluña, la información de aquello que es injusto nos ha movilizado en masa, nos ha devuelto la fe en esa extraña pareja “gente-calle”, nos ha dejado un sabor de boca dulce al ver el poder de la multitud concienciada y activa. Que ese sabor de boca no se vuelva amargo, y que continúe en los megáfonos.