LA ESCUELA EN PANDEMIA

Hace semanas que el ocio ha vuelto a su normalidad. Y lo digo con conocimiento de las restricciones aún vigentes en este, pero testigo de su incumplimiento sistemático. Las discotecas abarrotadas, las salas de conciertos llenas hasta los topes y otros locales de ocio a rebosar. En todos ellos, prácticamente el 100% de los asistentes sin mascarilla, obviamente; cuando se redactó el nuevo protocolo y se eximía de su uso a quien estuviese consumiendo, todos sabíamos lo que iba a pasar.


Y aunque ello de pie a reticencias, apoyos y choques de opiniones, no es aquí donde pretendo recrearme. Con la mayoría de la población adulta vacunada, y considerando todos los factores económicos, sociales y sanitarios, existe cierta legitimidad para asumir este tipo de riesgos.


Pero… ¿Qué está pasando en las escuelas?
Primero, datos. La infancia (hasta los 18 años) representa el 15% del total de la población española, pero sólo ha supuesto entre el 0,8% y el 2,1% de los casos registrados de COVID-19, menor cuanto más joven es el rango de edad (datos de la Asociación Española de Pediatría), un hecho que coexiste, además, con haber compartido a diario instalaciones (escuelas) con docenas o cientos de otros alumnos, sin mascarilla hasta los 5 años inclusive. Por enorme suerte para la población mundial, el virus se desarrolla en un grado mucho menor entre niñ@s, al parecer asentándose una menor carga viral en las vías respiratorias altas. Otro dato relevante que nos brindaron el pasado curso los centros escolares es que, tras detectarse un caso en el aula, la PCR positiva en el resto de alumnado de la misma era la excepción a la norma. Como colofón, ningún espacio es o ha sido tan metódico con la prevención y saneamiento como lo han sido los colegios, sistematizando la higiene de manos, la ventilación de espacios, la limpieza de superficies, la «cuarentena de material», la iconografía y pedagogía de nuevos hábitos, etc. (todo ello aún con los provados datos que antes comentaba).


Con todo esto, las distintas administraciones educativas del Estado (de primera mano conozco la catalana) han optado por mantener inapelables prácticamente la totalidad de medidas. Y aunque hace mucho que se sabe que el contacto no transmite el virus, o que en invierno tenemos que ver a chavales con chaqueta en el aula, seguimos el cánon administrativo, limpiando manos reiteradamente y ventilando cada aula toda la jornada. Pero lo asumimos, entendemos la complejidad situacional y acatamos. Tampoco es aquí donde recae nuestra frustración como docentes en todo este embrollo.


A diario y sin excepción nos encontramos educando, enseñando, acompañando, formando a niñas y niños cuyas expresiones apenas intuimos. La misma mueca de ojos puede esconder una sonrisa que nos descubra su interés por cómo o qué estamos explicando o su duda e indiferencia. Y lo mismo desde los otros ojos: las y los que usamos mucho el humor, la gesticulación marcada y la teatralidad en nuestras clases nos vemos a menudo superados por no hacer entender lo que pretendemos, dada la relevancia de la expresión facial en todo ello. La falta de retroacción por su parte, la duda constante respecto a algo tan dado por hecho y la impotencia e inmaniobrabilidad que produce la doble barrera de las mascarillas en el aula genera una frustración que, como agravante, parece irremediable (con lo que supone una frustración rutinaria cuya contraposición nos está, de facto, vetada y/o ninguneada). Todo esto sólo en el ámbito de la expresión facial de emociones y reacciones.


Especialmente en edades primerizas, cuyos inicios en el habla y la comprensión de palabras se dan en gran parte en el ámbito escolar, el hándicap de no ver los labios, boca o las ya mencionadas expresiones faciales es tremendo. Es un proceso de aprendizaje entre cuyas claves se incluye sin excepción la imitación, sonora y labial, así como la asociación de palabras a gestos. Privar de algunas de sus estrategias más esenciales durante años a quienes están inmersos de lleno en ello puede acarrear dificultades en la adquisición del lenguaje costosas para la niña o niño, así como trabas frustrantes y descolocadoras para los y las educadoras encargadas de ello.


En el ámbito sonoro (como maestro de Música puedo acotar más aquí), las repercusiones son más que notorias. De cara al profesorado, el filtro de volumen juega en detrimento de aumentar el nuestro, que siendo una profesión ya habitualmente sufrida de la voz, ahora nos deja afonías y cansancio vocal con demasiada regularidad e intensidad (incluso a quienes ya estudiamos y ponemos en práctica los cuidados de la voz y su proyección y respiración conscientes). Como guinda, imaginaos las y los que cantamos a diario durante nuestra jornada. Además, la mascarilla supone también un importante filtro a ciertas frecuencias que a duras penas capta el alumnado, siendo especialmente notable la supresión parcial de articulaciones oclusivas (p, b, t…), así como de fricativas (f, x, s…) y la casi inapreciable diferencia entre nasales (m, n).


Podría seguir con más ejemplos, pero creo que ya vale la pena recapitular: discotecas a rebentar sin mascarilla, docentes afónicos sistemáticamente desoídos. Con todos los datos a favor de, por lo menos, una reconsideración de nuestros «agravantes pandémicos». Pero no.
¿Qué somos l@s maestr@s y profesoras/es, pues? ¿Mulas de carga? ¿Con alforjas a rebosar de ineptitudes de despacho hasta que, irremediablemente, se nos parta el espinazo (y, aún así, seguir andando)? Si se da con cada nueva ocurrencia curricular o burocrática del Conseller o Ministro de turno, por supuesto se da con una situación en la que somos el estandarte para su rendición de cuentas, porque (y ahí el quid de esta ira condensada) somos el sujeto perfecto para demostrar lo buenos gestores que son. Míseras directrices, esquivas o directamente absurdas, para, se dé el caso que se de, quedar exentos de cualquier culpa o responsabilidad: si empeora la calidad educativa, habernos reinventado; si se descontrolan los brotes, haber sido más estrictos; si colapsa el profesorado, habernos adaptado. En cualquier caso, nuestros hombros cargan con sus excusas (si, por otro lado, les importan lo más mínimo susodichas consecuencias en sus «ciudadan@s del futuro» y de quienes dependen). Para qué, si pueden permitirse clases particulares y academias a diario. De lidiar con las consecuencias pedagógicas y físicas ya nos encargamos los peones.


Existen otros datos estadísticos y opiniones fundadas de cada vez más personal sanitario y de la educación que remarcan respecto al uso indiscriminado de la mascarilla en niñas y niños: los riesgos de la no exposición a patógenos esenciales en su desarrollo inmunológico temprano, repercusiones neurológicas por la incapacidad de procesar los altos niveles de cortisol (producidos por la ansiedad derivada de un uso continuado de la mascarilla) en la primera infancia o las evidentes repercusiones psicológicas y en las habilidades sociales de l@s niñ@s, que nos estallarán en las narices a familias y docentes a corto plazo (las que no lo están haciendo ya).
Para terminar, tan sólo decir que no soy partícipe de «volver a la normalidad y que pase lo que tenga que pasar», pero sí de usar los datos y las estadísticas como referencia, que es prácticamente lo único «bueno» que nos deja tan larga exposición al Covid-19. Y de contar con l@s profesionales de un ámbito tan transversal como es la educación obligatoria para, al menos, siquiera plantear pros y contras de unas medidas que permanecen prácticamente inamovibles, indiferentes a quienes las hemos cumplido, junto con l@s niñ@s, de forma ejemplar durante ya casi dos años.

EL TRAP Y LOS MACARRONES CON TOMATE

Este artículo no es más que un intento por dejarle un hueco al raciocinio entre tanta enervación por lo que es «buena música» o «mala música», entre tanto ladrido para marcar territorio y entre tanto absolutismo argumentativo, con los habituales tintes de mediocridad, que no son más que el reflejo de nuestro culto a la ignorancia como sociedad.

Para empezar, es necesario revisar cómo adjetivamos obras y ciertos términos artísticos, especialmente cuando apelamos a un análisis puramente emocional de la música o el arte: «si me hace sentir cosas, es buenísima». El criterio lingüístico para definir si algo es bueno o malo ha sido revisado hasta el hastío, hecho que descualifica sendas descripciones en usos de análisis musicales a día de hoy (a excepción de aquellos contextos conversacionales suficientemente acotados como para hacerlo). Y es algo que, a mi parecer, es positivo, dado que prioriza la vertiente sensitiva y emotiva de la música, la percepción única que cada individuo hace de ella y que guarda más en el alma que en sus esquemas de conocimiento. Así pues, especialmente en debates o argumentaciones es mucho más elocuente otro tipo de adjetivos, como rica, simple, comercial, elaborada, rítmicamente X, harmónicamente Y, melódicamente Z, trascendental, multirecursiva, detallista, transgresora, etc. Por otro lado, expresiones que apelen directamente al criterio estético individual, a los gustos que una tiene por ella, lo que le conmueve subjetivamente, lo que le hace removerse por dentro, etc. fuere sano especificarlas como propias, y no como categóricas o universales. Todo, evidentemente, en pro del saneamiento discursivo y el aprendizaje colectivo; si lo que se quiere es más bilis e ignorancia, sigan el modelo de tertulia televisiva y les irá bien.

Habiéndonos situado, demos una última pincelada al diagnóstico subjetivo de la música. Debemos tener claro que esta vertiente subjetivista es la finalidad primera de la música, el motivo por el cual se concibe como arte y la vía por la cual nos llega a todas, independientemente de nuestro nivel de estudios o conocimientos autodidactas sobre el cuarto arte. Destila asimismo belleza la red global que de esta forma nos une, aún siendo de forma impersonal, con quienquiera que comparta nuestra devoción hacia una obra, una melodía, una cantante, un compositor, una letra o un instrumento.

No obstante, esta apertura perceptiva también hace a la «música subjetiva» más vulnerable a dictámenes externos como, por ejemplo (y como siempre), el mercado. La industria musical, las tendencias estilísticas y la tolerancia menor o mayor hacia un tipo u otro de sonidos están a merced de los intereses económicos de quienes tienen capital para invertir millones en ellas. ¿U os pensáis que lo que escuchamos proviene de una intensiva búsqueda de nuevas formas de expresión musical y que, casualmente, millones de personas coinciden en la incorporación de estas a sus propios gustos por su belleza artística inequívoca? Por supuesto que no. La aplastante mayoría del producto musical que consumimos viene dado por dos factores: lo que nos es planteado como socialmente aceptable y normalizador de nuestra condición social-musical, y el bombardeo multimediático inagotable de aquella música que quien posee suficiente poder decide (o pretende) estandarizar y hegemonizar. Entre otras consecuencias, ambas generan un producto musical de escucha fácil y cómoda al oído virgen, algo que, como defiendo con su adjetivación, no implica un calificativo de mala, sino, quizás y como mucho, simple, reiterativa o pobre (en cuanto a lo que melodía, ritmo, harmonía, lírica y timbre se refiere), por ejemplo.

Entre tanta maraña de palabrejas, quizás mi sintetizado análisis quede más claro con una analogía gastronómica, cogiendo como ejemplo de género el Trap, que tantas horas de escucha acapara entre las juventudes más contemporáneas. Imaginemos que al Señor X le gustan los macarrones con tomate. Le encantan. Pues no creo que esté bien categorizarlos como «comida de mierda», ni menospreciar a través de la razón a quien los disfruta como el que más, por «básicos» que sean. Ahora bien, sería absurdo que dicho sujeto los situase al nivel de la alta cocina cuanto a calidad gastronómica, o que se las diese de paladar experto habiendo comido «de supervivencia» toda su vida. Porque no dejan de ser macarrones con tomate, les pongas orégano, atún o salchichas. Y, desde luego, no es un peor ser humano por preferirlos a delicatessen de primera, ni un ignorante por ello (aunque ignorar que existe comida más elaborada y gastronómicamente mejor sí que le pueda convertir en uno). ¿Te gustan? Te los comes. Y a gozarlos.

LA FALACIA DEL CLASISMO-ELITISMO

Aunque tengo entre manos un artículo para exponer más detalladamente el génesis y diseminación de esta falacia, creo que es necesario concluir el artículo con una breve contraargumentación a ella (desmentirla, al menos).

«Esa postura es clasista». Desde distintos flancos, esto se suele esgrimir contra los que intentamos otorgarle valor objetivo a la composición musical, quienes defendemos el valor superlativo de la elaboración y tesón creativo en la música clásica, algunas bandas sonoras de hoy en día, el Jazz o en ciertos subgéneros del Rock, entre otros (nos gusten o no). Un calificativo tremendamente absurdo, como brevísimamente resumo a continuación.

Se trata de una falacia porque el argumento es anacrónico. Por supuesto, durante siglos el acceso a la música clásica ha sido clasista, económicamente y socialmente hablando, cuyo goce y escucha estaba reservado a quienes podían pagarla, estudiarla y rodearse de los círculos aristocráticos oportunos (además de, en calidad de compositores, la imperante invisibilización histórica de la mujer y el talento nativo para dedicar toda la vida a su estudio y creación). Pero ese argumentario es un absurdo a día de hoy. Quienquiera que desee formarse y estudiar a los clásicos, su intrínculis compositiva, sus obras o cualquier otro aspecto en profundidad de la mal-llamada «música elitista» puede hacerlo con un móvil conectado a internet. Sin peros. No le homologarán ningún título por ello, claro está, pero el estudio de la teoría hace años que dejó la exclusividad de la escuela para universalizarse, ya sea en forma de bibliotecas, blogs, vídeos, podcasts o cursos online.

Quizás es que hay demasiada gente incapaz de morderse la lengua cuando se tratan temas que no abarca, de aceptar que el análisis musical que puedan hacer está limitado, igual que el del mejor violinista de la Filarmónica de Londres sobre mastering sea probablemente nulo. Pero eso ya nos enraiza al ego, que ataré con esta falacia en otro artículo.

Espero que os incomode a más de una leer esto, pues implicaría que os interpela y, por ende, una oportunidad de revisaros y crecer. Esas preguntas descontroladas en nuestra limitada cabecita son también parte de la condición humana que, entre tantas cosas, dio a luz a la música.

VOTE QUIEN VOTE

Cuando no vosotras mismas, seguro que conocéis a aférrimas defensoras de la desmovilización electoral de este 14 de febrero en Cataluña. En unas pocas líneas intentaré explicar que muchos de sus motivos son totalmente acertados y, por otro lado, que su diagnóstico (no ir a votar) es peligrosamente contraproducente.

Para empezar, siendo una legislatura de cuatro años de actividad, es de ilógica absurdez no posponerla al menos hasta verano, donde a priori una mayoría de la población ya debería estar vacunada o, cuanto menos, los colectivos con mayor riesgo frente a la pandemia. No me atrevo a sentenciar un porqué, pero imagino que conceptivamente se dispara la alienización de la clase política y post-aristocrática frente a la rutina del obrero y, por ende, se pierde la noción de la realidad mayoritaria actual y los peligros de contagio tan vigentes en ella, y económicamente por intereses de los inversores privados en los partidos y el rédito de subvenciones públicas para la campaña (os invito a investigar qué partidos votaron contra estas partidas millonarias y quiénes a favor de incrementarlas).

Por otro lado, y como cúlmen de la desvergüenza del Govern y constatación del “nos mean en la cara”, el beneplácito del ejecutivo, de sus partidos afines y de los herederos del 78 de permitir la organización y asistencia intermunicipal de mítines electorales. Más allá de su posterior y precipitada “marcha atrás” y del tramposo argumentario del “derecho inapelable” en la situación sociosanitaria actual, deja muy patentes a ojos de quien quiera verlo qué consideran imprescindible pese a la emergencia sanitaria: el beneficio personal, el rédito electoral. El trono. El establishment de la terra”.

Si bien son casi incuestionables estas impúdicas muestras de desafecto social por parte de la clase política dominante, negarse a votar genera en primer lugar dos efectos adversos a los que se desean no votando: primero, que precisamente los partidos y movimientos que exigían esa posposición electoral y llevan a cabo su campaña totalmente online son los que apenas ostentan poder alguno en la Generalitat y, en segundo lugar, que esas posiciones precisamente serían secundadas por quienes reniegan de su voto y, por lo tanto, apenas tendrían representación parlamentaria, en caso de que estas fueran trascendentales en la decisión de dicho voto. El pez que se muerde la cola (de nuevo).

Y esto es tan sólo un ápice en la causalidad de la abstención a día de hoy. Pero incluso sin salir del ámbito “coronavírico”, sólo con retroceder unas pocas décadas en la historia de los partidos gobernantes en Cataluña no es difícil encontrar quiénes han dilapidado dinero público a espuertas, quiénes han sido capos de la mafia de la sanidad privada en nuestra comunidad, quiénes han usado cada minuto en pantalla para verter gasolina sobre el debate nacional relegando el social y laboral a la extinción, etc. La lista es corta pero clara.

¿Y sabéis qué partidos movilizarán a todos sus hooligans para votar en masa, sea cual sea el talante ético de susodicha “fiesta de la democracia”? Efectiva y tristemente, los mismos de la lista anterior.

Desde aquí, os animo a votar. Con la mascarilla BIEN puesta, ágiles, con guantes si es menester, evitando la cercanía con quienes les toque estar detrás de las urnas, incluso dedicándoles unas breves palabras o gestos de afecto y ánimo. Pero votad. O el triunfo de los sinvergüenzas será apoteósico.

CULTURA Y ESPECTÁCULO (BAJO COVID)

No voy a hacer amigos con éste artículo, eso seguro. Pero mi tozudez por analizarlo todo, con crítica y fundamento, se ha arremolinado con mi vida (previa pandemia) de constante movimiento, como espectador y como «artista» del mundillo del concierto underground. Con constante me refiero a cada semana (más de la mitad como músico) y con underground a música relativamente fuera del mercado, o humilde pero profesional, o como queráis acotarlo.

Para empezar, sentenciar que los clubs nocturnos no son cultura. En todo caso, los conciertos que dan los artistas en algunos de ellos lo son o la nutren. Y no sólo eso. Como cliente, recuerdo ciertas ocasiones en que se me ha negado la entrada por mi atuendo (incluso siendo por aquel entonces absolutamente normativo). Pero como músico conocí también a los de la fachada de alternativos: alquileres desorbitados, prisas (normalmente para la discoteca de después), tratos denigrantes por no ser un rockstar, porcentaje de ganancias del merchandising vendido, promociones incumplidas o absurdas, material pésimo, personal técnico con nula profesionalidad, etc. Niego la mayor de que en todas las salas pase esto, pero el porcentaje es preocupantemente alto, en uno o en varios de los aspectos mencionados. Algo que, cuando eres una banda que apenas substiste con el gozo de compartir tu música como única pretensión, pesa más todavía. Ahora, todos somos familia, apoyo mutuo, la cultura se defiende… ya.

La cultura se defiende apoyando a quienes la crean. Un macroconcierto apoteósico en un estadio olímpico tiene, como mucho, el mismo contenido cultural que un concierto precario de indie-blues instrumental en el bar de abajo de tu casa. O que el trío de post-rock instrumental al que no le das cabida en tu garito porque lo siguen cuatro gatos, aunque sean genios musicales y bellísimas personas. O que el bolo autogestionado de punk al que se le niega reiteradamente el uso de un espacio o infraestructura a pie de calle, aunque se responsabilicen y lo recaudado vaya a la red de personas sin hogar de tu ciudad. Cultura no son los grupos que te gustan o que te van a dejar ganancias tras su bolo, mucho menos el DJ que te llena la sala porque lleva un dildo en la cabeza y un atuendo de Agatha Ruiz de la Prada al cuadrado. Cultura son los primos que dedican su tiempo libre y sus horas de sueño a aportar, a enriquecer, a expresar, sin más pretensión que el gozo colectivo de su proyecto. Se ganen o no la vida con ello.

Y (sumando piedras sobre mi tejado) se ve que los clubes ahora son eruditos del análisis político y socioeconómico en situaciones epidemiológicas extremas, blandiendo argumentarios cual esgrimista olímpico. Como si fuese simple voluntad política permitir usar espacios cerrados con multitud de gente sin contacto habitual en una pandemia vírica cuya mayor baza de propagación son, precisamente, los espacios cerrados con multitud de gente sin contacto habitual. Por no hablar de un sistema económico español sin tejido industrial y ultradependiente del turismo y los abarrotamientos varios de clubes, salas y calles (que no me parecen mal; lo que me parece demencial es la dependencia del tejido económico y laboral hacia esa variable). O de los miles de desahuciados, sintecho, sinpapeles y excluidos de la sociedad en general. Anteojeras y la pupila clavada en el ombligo, siempre.

Quizás, y sólo quizás, si realmente les hubiese interesado la cultura (y no la plata y el despotismo) ahora habría miles de pequeños, humildes e infrapagados artistas dando su brazo a torcer por estos clubes. Pero si A puede implicar B, y A no se da, mejor aprendemos a analizar situaciones de causa-efecto en vez de vomitar barro e hipocresía.

JUAN

Juan dedica su vida a los y las demás. Es consciente del pequeño cubículo intrapersonal en el que deja a su «yo», pero aún así, vivir para afuera también lo llena por dentro. Incluso aquellos proyectos que se infieren «personales» siempre tienen, como mínimo en última instancia, un fin compartido y popular.

Juan decide perdonar, poner la otra mejilla, dar su brazo a torcer. Rebosa paciencia, y la usa para lidiar con los contextos y las casuísticas ajenas. Su dura crítica al sistema social hegemónico choca con su inusitado porte al acompañar a cada individuo que lo dinamita a pequeña escala. Habitualmente se hace daño así, pero sigue; «el objetivo y el bien común lo merecen», piensa.

Juan no salva muchas vidas, pero sí innumerables situaciones. Es una mente insaciable de aprendizaje, un enfermo del trabajo competente y elaborado, y de la intelectualidad como cualidad prima para la realización personal y la mejoría social. Esa lente por la que mira es su motor y un habitual salvoconducto de cuantos y cuantas le rodean, o al menos una fuente de crecimiento.

Juan no se cansa. Bueno, sí; pero vuelve a levantarse al encontrar cualquier nueva mota de luz a la que dirigirse. Su trayectoria vital le ha constituido como alguien al servicio de los y las demás, como confidente para quien le sea menester. 

Juan es también concordia entre partes, escucha en penurias, abrazo en soledades, tiempo en angustias, ternura en toxicidades, saber en penumbras. No duda, ni se rige por beneficio alguno, en su cruzada bienhaciente. Bien lo sabe quien le conoce bien.

Ahora, Juan se marchita, pasto de la apatía. No necesita recibir cuanto da, pero sí vislumbrar afecto, gratitud, una simple muestra de que existe. Pero no llega. Ha dado tanto, durante tanto tiempo, a tantos niveles, que al alzar la vista y ver sólo un horizonte se siente en la nada.

Seguramente, Juan seguirá siendo Juan, no lo puede evitar. El problema es que, de ser así, cuando Juan deje de ser Juan, también dejará de ser. Y entonces no habrá afecto, gratitud o reconocimiento de existencia que lo traigan de vuelta.

HAY VUELTA, PERO NO PARA EL ALMA

Hace días que el llanto me ahoga al acostarme, con el insomnio más intenso que de costumbre.

Tomar plena consciencia de cada adiós sin vuelta de hoja, sumado a la espera por alcanzar un horizonte que, de parecer cada día más próximo, más duele al otearlo inmóvil. Eso convierte mis cuencas en estanques.

Robar los abrazos a vínculos que requieren de ellos para sus nudos, quema. Indagar en el raciocinio y ver que, de ello, algunos se quebrarán y muchos no volverán a ser el idilio interpersonal que fueron, arde.

Momentos baladí que la infancia convierte en magia pura, relegados al recuerdo de días pasados, perecederos pese a su capacidad e intenciones perennes. Pequeños y luminosos trazos de magia, anexos a la rutina, y que la convierten en sendero de flores, pasto de las risas más puras. Todos ahora en el limbo.

No hablo de otra cosa que de niñas y niños. Y es que no siento amor más puro y perpetuo que el recibido por sus ojos sinceros y sus palabras libres. Por ello, las tristezas que más escuecen vienen de esas despedidas y, en los días oscuros que nos toca vivir, de los reencuentros con regusto amargo por la incapacidad de volver a atar esos nudos, a compartir sonrisas que colorean el iris y destellan la pupila, a dar y recibir cante y baile.

Hace días que mis lagrimales no dan abasto entre tanto anhelo de amor que sigue sin tener fecha de retorno. Me ahogo en mis ojos.

¿HASTA DÓNDE QUERERSE?

¿Es relevante querernos tanto a nosotras mismas? Lo que a muchas os ancla en el «sí» rotundo siempre me ha preocupado. No por el autocuidado per se (sano y necesario), sino por la usual ceguera contextual que suele acompañar el argumentario del culto al «amor propio» y el estigma colateral que imprime en la sociedad, que termina engrasando (e incluso justificando causalmente) el capitalismo. El eje central de esta cuestión es, sobre todo, filosófico, en el sentido de cavar varios estratos por debajo de este «querernos a nosotros mismos», algo que aparentemente impera como incuestionable. ¿Y si, simplemente, lo que hay que hacer es dejar de juzgar al prójimo?

La translúcida realidad no suele ser que no NOS gustemos, en cualquiera de sus connotaciones o vertientes, sino que no GUSTAMOS al cánon social. Muchas veces no encajamos en la idea que tenemos de la idea que tiene el resto de personas de nuestro círculo sobre nosotras. Podéis leer la frase varias veces, y a cada una probablemente vayáis desplazando propias conductas del «no me gusto» al «no me gusta la percepción que se tiene de mí por ser o mostrarme así». Es complejo, pero las relaciones interpersonales sistémicas lo son de forma ineludible, así que quizás deberíamos madurar como individuos y aceptar y abrazar una realidad que no puede reducirse a «tienes que quererte más».

Por otro lado, dicha falta de autoestima no debería suponer un problema absoluto, sino uno relativo. En términos de psicología educacional, la autoestima no debe tender al máximo (a diferencia del autoconcepto, o «percepción y comprensión de una misma»), sino a la regulación, a un punto que la aleje de la autodestrucción y la aísle del egocentrismo. Por lo tanto, la falta de autoestima, bajo la acepción de bien personal y social, no debería tender a resolverse con fines antagónicos o desinhibidos a ese «desamor» propio (absolutos), sino situar esos fines en el espacio donde el ego por la supervivencia emocional conviva junto al pensamiento colectivo (regulados). 

Además, esta tendencia a anteponerse una misma frente a prácticamente todo, el «yo» por encima del bien ajeno, es un arma de doble filo: deposita en el subconsciente el mensaje de que «sola puedo con todo». Un individualismo crónico que atiborra el ego hasta la indigestión, ofreciendo siempre un plato más en el banquete para el autocuidado, posponiendo minuto a minuto, hora a hora, día a día, los quehaceres en pro del bien común. Una forma de normalizar el placer banal como justificante al desamparo del resto de la colmena. Porque, efectivamente, nuestra supervivencia depende en última instancia del grupo, del colectivo, de la sociedad, y a menos que seamos ese 1% que nace pobre y muere rico, nuestra suerte individual es una variable dependiente del porvenir colectivo. Lo asumamos o no.

Este artículo, además de objeto de reflexión (como siempre intento), es también un convite a revisar nuestra lista de acciones habituales o esporádicas y ver, sin exclusividad entre un grupo y otro, cuáles forman parte de nuestro autocuidado y cuáles ayudan a desarrollar una mejoría social, sea a pequeña o gran escala (sociedad de la que ineludiblemente formamos parte). ¿Qué debo hacer por mí sin cebar a mi ego? ¿Y qué máximo común puedo aportar sin terminar ardiendo?

UN MESTRE: BELLESES I DOLORS CONFINATS

Què en podem treure, les mestres, de tot això? No es tracta només de passar aquesta època “com es pugui”, amb poc més que unes pràctiques en competència digital (sobretot autodidactes) i esforçar-nos per oblidar-la quan hagi acabat. No es tracta de sobreviure en aquest erm, sinó de trobar-hi els esqueixos i la bellesa enmig del que pot semblar terra morta. I és que els infants sempre són flors, en un prat o en roca viva.

Durant aquestes setmanes he après i descobert moltíssimes coses dels meus nens i nenes, algunes precisament pel context d’excepcionalitat. Per exemple, que una cançó es carrega de joia si no és un altre arquetip de vídeo infantil, sinó una representació i vincle amb “el mestre amb qui cantem, ballem i fem música en directe a l’enyorada escola”, i per això mateix deriva en un focus d’aprenentatge tremendament potencial. També, com pot arribar a influenciar la cohibició per trobar-se entre iguals (grup-classe) en comptes d’estar sola a casa, o tot el contrari (una altra demostració empírica de la irrefutable unicitat de cada infant), especialment en l’expressió corporal i vocal. O, seguint amb la unicitat de l’individu, com la influència i dedicació familiars expliquen moltes aptituds creatives i reflexives dels i les alumnes o, per altra banda, com tot i la manca de referents amb aquest tarannà a la llar l’infant és capaç de sortir-se’n i significar el seu aprenentatge per motu propi.

La creativitat explota en aquelles nenes i nens pels quals la massificació de l’aula i l’homogeneïtzació de recursos suposen un obstacle insalvable. Afloren capacitats invisibilitzades perquè els temps a l’escola són diferents als que cadascú necessita. Es descobreixen habilitats que es trobaven en estat latent dins de moltes i molts. L’autonomia i la voluntat d’autoaprenentatge passen a ser un pont entre la frustració rutinària i l’oportunitat diària. Un munt d’aptituds enriqueixen el procés de creixement i aprenentatge del nen o nena, a vegades inconscientment i, d’altres, com a sorpresa (que sol derivar en motivació). Com a mestres, no només penso que és positiu visibilitzar i conscienciar al nostre alumnat d’aquestes virtuts descobertes, sinó que és la nostra obligació i el nostre deure moral fer tot el possible per trobar-les.

Però també hi ha dolor, real i immens. La incapacitat per abraçar, escoltar, ajudar, explicitar l’atenció i la paciència cap a aquell infant que les necessita, la manca de riures compartits. Em costa fer entendre això donada la càrrega emocional, fins i tot sentimental, que pot comportar-nos a algunes aquest fenòmen. A vegades tinc la sensació d’estar rebent dubtes o donant retroaccions a autòmats generats a partir de les consciències d’aquestes nenes i nens. És habitual en mi que aquest neguit esdevingui malestar, el malestar derivi en tristor, i la tristor en plors que semblen més llargs del què les llàgrimes aparenten, alimentats per la incertesa de no saber quan podré refer aquests vincles, quan podré canviar els missatges online per l’afecte interpersonal o, pitjor encara, si aquests lligams seguiran o es podran refer després de tot això. A vegades, caic. I no hi ha terra.

En la meva àrea, he comprovat com bastides específiques de l’ensenyament i pràctica musicals, presencialment abordables, esdevenen pràcticament un impossible. En la superació de la vergonya, les inferències interdisciplinàries, la col·locació vocal en l’afinació, les inquietuds i dubtes situacionals… la praxis xoca amb la plausibilitat. Nenes i nens que necessitaven aquest espai d’alliberament sensorial com és la música a l’escola (com l’entenc jo), on hi havia una autoconsciència d’aprenentatge convivint en un espai (físic i dinàmic) que trenca amb la resta, privats d’aquest. Dinàmiques i adaptacions diluïdes, processos tallats, projectes sense un final (tancat o obert), dubtes sense camí per la recerca i la resposta. Probablement, aquestes conseqüències no arribin a racionalitzar-se en molts dels infants, però són pedres a la motxilla de la mestra que construeix l’aprenentatge dels alumnes com a fonaments. I aquesta motxilla, algunes no ens la podem treure.

Què en podem fer, les mestres, de tot això? L’arrel de la resposta és tan senzilla com una paraula: estimar. Paraula que, com “empatia”, “solidaritat”, “responsabilitat”, etc. s’ha depreciat i convertit en el recurs eufemístic i falaç per excel·lència en la dialèctica contemporània, però que és important reconèixer-la en tota la seva plenitud i capacitat transformadora. Si estimo l’infant, sóc capaç d’empatitzar-hi de debò i, per tant, m’implico en el seu benestar emocional. Arran d’això, faig tot el possible perquè les seves situacions d’aprenentatge formal en aquest context de confinament siguin entretingudes, boniques, evocadores de bons records, ajuts per lidiar amb el desconcert de la realitat que li ha tocat viure. És a partir d’aquest estat anímic que el nen o nena significarà el seu aprenentatge, i no a l’inrevés. A partir d’aquest pretext, com a mestre, genero, elaboro, creo aquell material que pugui impulsar l’infant a trobar un estat emocional sa. Perquè busco aquest benestar mental en ella o ell, perquè hi empatitzo, perquè l’estimo.

Un temps diferent, amb mètodes diferents i vincles diferents que evoquen un demà inevitablement diferent a qualsevol predicció. Potser és moment d’abraçar la diferència i fer-ne d’ella la inseparable companya de la feina docent que hauria d’haver estat, ser i haurà de ser.

AGAMIA

También yo siento la piel
No sólo en tacto sino dentro
Aunque no sea perenne
Ni pretenda serlo

También yo siento la piel
Mal no me ate contrato,
Escrito, oral o supuesto,
Por impulso o ahondado

También yo siento la piel
Y lo bello por no duradero
Como nieves en primavera
O pétalos en invierno

También yo siento la piel
Efímera, mas con lazos
Rehuyo el poseer,
Libres os amo

También yo siento la piel
Y aunque no lo haga tu ser
O te remueva, exonérame
Habita mi piel

S 10°0’0″ O 55°0’0″ – II. LE VALS D’ÉMOTIONS

Cada sesión nos ponía a prueba, teniéndonos que sincronizar no sólo entre nosotros, sino también con los dinamizadores de cada actividad, los grupos humanos y los tiempos, siempre fuera de hora. Todo mientras nos movíamos frenéticamente entre tres o cuatro docenas de temas, y los que decidíamos improvisar o arreglar en los interludios, pues la situación “lo requería” (sambas para Brasil, Californication para los estadounidenses, Dance para momentos espontáneamente más animados, etc.). Sin embargo, estar en la piel de la música, esa indómita bailarina, sólo fue la mitad del vals de emociones donde me sumí durante esos días.

Durante un taller acerca del drama de los refugiados que tuve la suerte de hacer como un participante más, escindiéndome por unas horas de esa prolongación de mi cuerpo con cuerdas, compartí reflexiones profundas, pensamientos críticos y visiones más allá de los titulares respecto a este tema especialmente con alguien, Gabi. Fue curioso ver cómo, siendo ella de Brasil, nos entendíamos perfectamente respecto a una situación que supone tanta diferencia conceptual dependiendo del territorio en que se viva. La intercomprensión fue tal que, una vez terminado el taller, seguimos compartiendo palabras, charlando con una singular sonrisa de extrañez dulce, supongo que por estar compartiendo tan cómodamente una vivencia fuera de nuestro país, de nuestra lengua y de nuestro círculo de conocidos. Una amistad que empezó a fraguarse súbita y cálidamente.

Eran días raros, con la consecuente indigestión de emociones recorriendo mi cuerpo. ¿Qué sentir al conocer a tanta gente, tan diferente, en un mero parpadeo de tiempo? Nadie lo sabe. Pero si de algo no cabe duda es que esa frustración era dulce como la que más. Enriquecerse de cultura en sus mil formas es siempre extraordinario, aunque llene tu sesera. Y con Gabi, la rebosó; esa sensación de enriquecimiento viscero-cultural crecía y crecía, como si hubiésemos fijado unos códigos de lenguaje y comprensión recíproca extremadamente complejos segundos después de cruzar miradas. Parecía absurdo pensar que hacía horas que nos conocíamos y habíamos compartido unos minutos de palabras, pero esa inverosimilitud teórica se deshacía frente a la irreverente praxis. No era capaz de transcribir lo que sentía, ni siquiera a un intralenguaje básico, pero sí que aquello desbordaba mis esquemas previos sobre una relación humana a priori establecible.

Un destello de azar nos hizo coincidir un día en el que, habiendo una actividad de conocimiento cultural de los alrededores del epicentro del certamen, ella se había lesionado el pie jugando a fútbol y yo (como dinamizador y guía) esperaba algo más de tiempo para partir, dada la proximidad del lugar que nos tocaba visitar. Así que charlamos. Banalidades, excentricidades musicales que compartíamos, y algún que otro tema anodino que no recuerdo con exactitud; pero lo que sí que pervive, inmutable, es la facilidad de comunicación de esos escasos minutos, guardados como lustros. No hablo del inglés (por suerte, fluido por ambas partes), sino de ese complejísimo grupo de estudio que son la expresividad íntima, el lenguaje gestual intercultural, la fluidez temática e intercomprensiva… nos movíamos entre párrafos subidos en un compás ternario, hilando palabras construidas a 8000 kilómetros de distancia como si de fina seda se tratara. Y entre esta nueva amistad y la música imperante bailaba mi vals en esos días.

Aún tengo recuerdos fotográficos de la última noche que compartimos en Francia. Flashes imperecederos, inmortalizados pese a la oscuridad del crepúsculo, las copas de más y el inminente fin de aquellos días de luz. Compartimos desde insignificantes momentos hasta densos pensamientos, pero lejos de ser aburridos o exasperantes, se convertían en reliquias para el otro. En parte por la absurda cantidad de complejos puntos de vista en común, por el contexto nacional-cultural que fundamentaba lo más baladí o por el interés compartido por aprender de aquello que es cultural y ajeno por igual (algo con asombrosos resultados en la empatía autodidacta); pero, además, en parte también por un vínculo que ninguno supimos explicar, por su espiritualidad, su complejidad lógica, o ambas. Tan sólo supimos que dejaríamos un “compañero del alma” en la otra punta del mundo, y que esa explosión extasiada tomaba cada vez más forma de implosión agridulce, que nuestro subconsciente del momento se encargaba de sumir en el mañana.

Tras darnos un contacto de redes y despedirnos, emocionados y tristes, en direcciones opuestas (ella hacia el albergue donde residían los participantes brasileños; yo hacia el siguiente bar), pasé los siguiente cinco minutos inundándome la cabeza de hipótesis y dudas, a millares. Me detuve. Ni siquiera avisé a mis compañeros de que volvía sobre mis pasos. Empecé a correr lo que me permitían mis chanclas de dedo, perdiéndome entre los callejones de Lyon, con el rumbo fijo y la mirada saltando de cara en cara, esperando encontrar el rostro de Gabriela y disfrutar de un último paseo juntos, mientras les acompañaba a ella y a su grupo a su hospedaje. Tras diez minutos vagando atropellado, empapado en sudor y perdido, no la encontré. A esa hora, ya habría llegado a su habitación. Extraño, volví hacia la mía, lento de pies y mente, indagando entre lo vivido, sin saber traducir aún lo vivenciado. Sólo sé que, mientras me perdía en un laberinto de tristeza, también sonreía.

Pasé la noche dibujándola como mi memoria lo permitía, en trazos de una caricatura dulce, con un bocadillo comiquero que decía “atreveix-te a somiar” (en catalán, “atrévete a soñar”, el lema del certamen). Y aunque su avión partió mucho antes de que yo despertara tras vagas horas de sueño, perdiendo el último adiós, el dibujo acabaría en sus manos un año más tarde.